
– Ya está -Maeve regresó con una bandeja, la colocó sobre la mesita que estaba frente a Keely y le sirvió una taza-. Té y un poco de bizcocho. ¿Leche o limón? -le preguntó…
– Leche, por favor -Keely agarró el platito con la taza y el trozo de bizcocho con frutas-. Hay una cosa que no me cuadra. De mis padres. Mi madre se llama Fiona Quinn y mi padre Seamus McClain. Quizá sea coincidencia, pero…
– No, cariño. Debes de estar confundida.
– ¿Cómo voy a confundirme? -contestó exasperada Keely-. Son mis padres. Maeve frunció el ceño, se puso de pie.
– No sé, me haces dudar, pero juraría… – Maeve cruzó el salón, abrió una vitrina y sacó un álbum de cuero. Luego regresó junto a Keely, se sentó a su lado y abrió la foto-. Aquí están.
Keely contempló la foto. Su madre nunca había guardado fotos por casa. Y a ella nunca la había extrañado hasta que ya era mayor y había empezado a preguntar por su difunto padre y sus abuelos, ansiosa de pronto por tener alguna prueba de su existencia. A veces había llegado a sospechar que era adoptada o la habían secuestrado unos piratas o la habían abandonado en una cesta en la puerta de alguna iglesia…
Se quedó hipnotizada al ver a la bella jovencita que posaba junto al mar. Era su madre, no cabía duda.
– Es Fiona Quinn -dijo apuntando a la foto.
– Sí. Y este es tu padre, Seamus Quinn.
– ¿Mi padre? -preguntó Keely casi sin voz-. ¿Este es mi padre?
– Siempre fue un hombre atractivo -dijo la anciana-. Todas las chicas del pueblo estaban locas por él. Pero Seamus solo tenía ojos para tu madre y, aunque los padres de ella no aprobaban el matrimonio, nada pudo detenerlos. Supongo que seguirá igual de deslumbrante, aunque tendrá el pelo gris más que negro.
Keely sintió que el corazón le daba un vuelco, se quedó pálida.
