Su padre estaba muerto. ¿Acaso no se había enterado la anciana? Llevaba muerto muchos años, desde poco después de que ella naciera. Su madre debía de haber informado con una carta o una llamada telefónica. Aunque quizá Maeve hubiera borrado de la cabeza la muerte de su primo. Por otra parte, no parecía que a la anciana le fallara la memoria. En cualquier caso, Keely decidió dejar pasar de largo el comentario. Por si acaso, no quería arriesgarse a que su nueva prima sufriese un infarto al enterarse del triste destino de Seamus McClain.

De modo que continuó mirando la única imagen que jamás había visto de su padre. Era guapo, de pelo oscuro y facciones finas. Si se lo hubiera cruzado por Nueva York, habría girado el cuello para mirarlo. Por fin podía ponerle un rostro al nombre de su padre.

– Sí que es guapo, sí -murmuró Keely.

– Todos los Quinn lo eran. Y creo que ellos lo sabían -dijo Maeve-. Mira, aquí hay otra foto de ese mismo día. Me parece que fue el día que se marcharon a Estados Unidos. La hicieron con los chicos. Recuerdo que costó horrores conseguir que se estuvieran todos quietos para la foto.

– ¿Los chicos? -preguntó Keely mientras seguía el dedo de Maeve cuando esta pasó a la siguiente página del álbum.

– Y aquí están otra vez -dijo Maeve, señalando otra foto.

Keely miró aquellos rostros descoloridos por el paso del tiempo. En esa fotografía, Fiona y Seamus estaban rodeados por cinco chicos de diversas edades y estaturas.

– ¿Son tus hijos? -preguntó Keely y Maeve soltó una risotada mientras sacaba la foto del álbum.

– ¿No los reconoces? Son tus hermanos. A ver si me acuerdo: el mayor era Conor. Luego estaban Brendan y Dylan, aunque no sé cuál de estos dos es mayor. Supongo que ya estarán todos casados, habrán formado sus propias familias. Y estos son los gemelos… ¿Cómo se llamaban? -Maeve le acercó la foto a Keely-. Creo que tu madre estaba embarazada. Esa de ahí debes de ser tú -añadió apuntando a la tripa embarazada de Fiona.



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