Keely se levantó. Tenía que tratarse de un error. Aquella no era su familia. No era su vida. Ella no tenía hermanos, ¡era hija única!

– Tengo que irme -murmuró aturdida-. Ya te he entretenido mucho tiempo.

– Ni siquiera te has terminado el té. Por favor, quédate un rato más.

– Puede que vuelva mañana -contestó Keely, impaciente por quedarse sola y pensar en lo que Maeve acababa de revelarle.

– Está bien. Pero ten: llévatela -dijo la anciana al tiempo que le acercaba la foto a Keely. Esta la aceptó con recelo, la guardó en el bolso y echó a correr hacia la puerta.

– Hasta mañana -se despidió mientras salía a la lluvia ligera que había empezado a caer.

Cuando llegó al coche, la cabeza le daba vueltas. Estaba desconcertada. Quería creer que Maeve Quinn era una ancianita senil, incapaz de recordar los hechos. Pero algo le decía que Maeve estaba en plena posesión de sus facultades mentales y que era ella la que se confundía.

Keely arrancó y maniobró para salir a la carretera, pero le latían las sienes, tenía el estómago revuelto. Al sentir un acceso de vómito, tuvo que pisar los frenos y abrió la puerta para airearse. Salió del coche, respiró profundo. Al cabo de más de un minuto, cuando por fin se le asentó el estómago, se llevó una mano a la frente.

¡Maldita fuera!, ¿por qué tenían que pasarle siempre esas cosas! Si no fuese tan impulsiva… Y, sin embargo, no se arrepentía de aquel viaje. Irlanda le había descubierto un pasado desconocido, un pasado que su madre le había ocultado durante años y sobre el que podía haberle mentido incluso. Pero estaba determinada a averiguar la verdad, ya fuera allí o de vuelta en Estados Unidos. Con paso indeciso, volvió a meterse en el coche.

Keely sacó la foto del bolso y la miró con atención. Las caras de los cinco chicos le resultaban de lo más familiares. Si no eran sus hermanos, era evidente que guardaban algún tipo de parentesco con ella. Pasaron varios minutos hasta que consiguió apartar la vista de la fotografía, cuando un golpecito en la ventana la sobresaltó. Keely se giró y se encontró a un anciano de sonrisa mellada. No pudo evitar pegar un pequeño grito.



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