
Keely suspiró. Quizá estando su padre, se habría llevado un poco mejor con su madre. Fiona McClain tenía unos patrones muy estrictos sobre la educación de su hija y, ante todo, Keely McClain debía ser una buena chica católica. Lo que significaba que nada de maquillarse, ir a fiestas, quedar con chicos… nada de diversión. En vez de reunirse con sus amigos el sábado por la mañana, tenía que ayudar a su madre en la repostería de Anya, la tienda situada justo bajo su apartamento.
De pequeña la encantaba ver a Anya y a su madre decorar las tartas de boda. Uno de sus primeros recuerdos era el de aquellas mañanas, sentada en un taburete alto en la cocina de la pastelería. Y cuando por fin le habían dado un trabajo de verdad, Keely se había quedado sin palabras de la emoción. En aquellos años, se pasaba las tardes de los miércoles quitando el polvo de las estanterías de cristal en las que se exhibían las figuritas de las tartas y copas de cristal. Se entretenía inventándose historias románticas sobre cada una de las parejas de cerámica, bautizando a los novios con nombres gallardos, como Lance y Trevor, y a ellas con nombres bonitos, como Amelia o Louisa.
Entonces no era más que una niña y su idea del amor se acercaba más a los cuentos de hadas que a otra cosa. Pero ya no eran los héroes, honrados y decentes, los que le llamaban la atención. Más bien le interesaba la clase de chicos a los que su madre llamaría «maleantes» o «descarriados». Chicos que fumaban y decían palabrotas. Chicos con suficiente atrevimiento para plantarse ante un colegio católico de niñas y entablar una conversación. Chicos que le aceleraban el ritmo del corazón con solo mirarlos, a los que no les diera miedo robar un beso de vez en cuando.
Keely se miró la falda de nuevo antes de bajarse de la cama. Agarró la mochila. Siempre se había esforzado por complacer a su madre, pero, poco a poco, se había dado cuenta de que no era la clase de chica que su madre deseaba. No podía seguir siendo una niña toda la vida. ¡Ya tenía casi doce años!, ¡estaba a punto de entrar en el instituto!
