
Y no podía ser siempre la hija obediente, no podía estar siempre recordando sus modales y la forma correcta de sentarse con falda o de tomar sopa con la cuchara. A veces le daba igual no pensar bien las cosas ni tomar las decisiones apropiadas.
Echó mano a la mochila y sacó una barra de labios. Sintió una náusea y, por un momento, creyó que vomitaría, tal como había hecho al salir de la droguería.
Su madre siempre le había dicho que la delicadeza de su estómago era una señal de Dios, que estaba intentando eliminar sus impurezas. Keely pensaba que se trataba de un castigo por dejar que sus impulsos controlaran su comportamiento. Pero tenía que reconocer que esa vez había ido demasiado lejos.
Había sido una apuesta y Keely era demasiado orgullosa y testaruda para no aceptarla. Su amiga Tanya Rostkowski la había retado a entrar en la droguería de Eiler y robar un pintalabios; de lo contrario, la expulsarían del grupo de las chicas «guays». Keely había sabido que era pecado, pero nunca decía que no a una apuesta, aunque tuviese que infringir la ley. Además, quería un pintalabios y si lo hubiera comprado con lo que ganaba en la pastelería, la señora Eiler se lo habría chivado seguro a su madre.
– ¡Keely Katherine McClain, te he hecho una pregunta! ¿Has terminado los deberes?
– Sí, mamá -gritó Keely. Otra mentira de la que tendría que confesarse, aunque no fuera nada en comparación con el pintalabios.
– Entonces lávate los dientes y métete en la cama.
– Mierda -gruñó Keely en voz baja y se arrepintió de la palabrota nada más hubo salido de sus labios.
Ya tenía palabrotas de sobra para la confesión del viernes. Mentir y robar le valdrían lo menos cinco padrenuestros y diez avemarías mi niña. Y el padre Samuel era muy severo con los malhablados. Aunque «mierda» no podía ser una palabrota, porque su madre lo decía constantemente… al menos cuando pensaba que Keely no podía oírla.
