
Nadie, ni siquiera la madre de Sebastian, quien creía que el sol salía y se ponía por su hijo, le había sugerido que contemplara el clero como posibilidad.
A Sebastian no acababa de entusiasmarle la idea de pasarse la década siguiente luchando contra Napoleón, pero tal como le había dicho a Harry ¿qué otra cosa podía hacer? Su tío, el conde de Newbury, lo detestaba y le había dejado claro que no contara con sacar ningún provecho monetario, ni de cualquier otra índole, de esa relación.
– Tal vez muera -había insinuado Harry, con la sensibilidad y el tacto propios de un chico de diecinueve años.
Claro que era difícil ofender a Sebastian, especialmente en lo que concernía a su tío. O al único hijo de éste, el heredero de Newbury.
– Mi primo es peor incluso -contestó Sebastian-. Intentó negarme el saludo en Londres.
Harry notó que se le arqueaban las cejas por la sorpresa. Una cosa era aborrecer a un miembro de la familia; otra muy distinta intentarlo humillar públicamente.
– ¿Qué hiciste?
Los labios de Sebastian se curvaron en una tenue sonrisa.
– Seducir a la chica con la que quería casarse.
Harry le lanzó una mirada de absoluta incredulidad.
– Vale, no es verdad -transigió Sebastian-. Pero en el pub sí que seduje a la chica a la que le había echado el ojo.
– ¿Y la chica con la que quería casarse?
– ¡Ya no quiere casarse con él! -Sebastian se rio.
– ¡Por Dios, Seb! ¿Qué hiciste?
– ¡Oh, nada irreparable! Ni siquiera yo soy lo bastante estúpido como para aprovecharme de la hija de un conde. Sencillamente… se fijó en mí, eso es todo.
Pero tal como había señalado su madre, Sebastian no tendría muchas oportunidades para ninguna clase de intento amoroso, no con la vida militar que le esperaba. Harry había procurado no pensar en su marcha; Seb era la única persona en el mundo en quien tenía una confianza ciega.
Era la única persona que jamás le había defraudado.
