
– ¡Anna! -exclamó, con aspecto de ir a ponerse de pie (pero sin llegar a hacerlo)-. ¡Que sorpresa tan fabulosa!
Anna se agachó para abrazarla, luego se sentó frente a ella.
– Se me ha ocurrido traer a Harry a casa del colegio.
– ¡Vaya, entonces se ha acabado el trimestre! -murmuró Katarina.
Harry sonrió con tensión. Supuso que él tenía la culpa de la ignorancia de su madre, ya que había omitido decirle que el colegio había finalizado, pero ¿no debería una madre mantenerse al tanto de semejantes detalles?
– Sebastian -dijo Katarina, dirigiéndose a su sobrino-. Has crecido.
– Cosas que pasan -bromeó éste, dedicándole su habitual sonrisa torcida.
– ¡Válgame Dios! -exclamó ella sonriendo-. Dentro de poco serás un peligro para las damas.
Harry por poco puso los ojos en blanco. Sebastian ya había conquistado prácticamente a todas las chicas de la aldea próxima a Hesslewhite. Debía desprender cierta clase de fragancia, porque verdaderamente todas las mujeres caían rendidas a sus pies.
Habría sido agobiante, sólo que Sebastian no podía bailar con todas las chicas; y Harry no tenía ningún inconveniente en quedarse con las sobras.
– No habrá tiempo para eso -dijo Anna enérgicamente-. Le he comprado un cargo de oficial del ejército. Sale dentro de un mes.
– ¿Vas a entrar en el ejército? -repuso Anna, dirigiéndose sorprendida a su sobrino-. ¡Qué maravilla!
Sebastian se encogió de hombros.
– ¿No lo sabías, mamá? -dijo Harry. El futuro de Sebastian se había decidido varios meses atrás. A tía Anna le preocupaba su falta de presencia masculina desde que su padre falleciera. Y como era poco probable que Sebastian heredara un título o una fortuna, se daba por hecho que tendría que labrarse su propio futuro.
