A medio Portugal, más bien. A la mitad femenina.

– ¿Por qué no te haces tú con un cargo de oficial? -preguntó Katarina.

Harry se volvió a su madre, intentando descifrar su rostro, intentando descifrarla a ella. Era siempre tan enojosamente inexpresiva, como si los años hubiesen ido poco a poco eliminando todo aquello que le había conferido personalidad, que le había permitido sentir. Su madre no tenía opinión. Dejaba que la vida diera vueltas a su alrededor, y ella se quedaba impasible, sin que ningún aspecto de la misma pareciera despertar su interés.

– Creo que te gustaría el ejército -dijo Katarina en voz baja, y él se paró a pensar si su madre había hecho alguna vez semejante declaración, si había dado alguna vez una opinión relativa a su futuro, su bienestar.

¿Había estado únicamente esperando al momento adecuado?

Su madre sonrió como siempre hacía; con un suspiro imperceptible, como si el esfuerzo fuese casi excesivo.

– ¡Estarías estupendo de azul! -Y luego se dirigió a Anna-: ¿No crees?

Harry abrió la boca para decir… bueno, para decir algo; en cuanto supiera el qué. No tenía pensado entrar en el ejército. Él debía ir a la universidad. Se había ganado una plaza en Pembroke College, en Oxford. Había pensado en estudiar ruso quizá. No había practicado mucho el idioma desde que Granmère falleciera. Su madre lo hablaba, pero raras veces tenían conversaciones enteras en inglés y mucho menos en ruso.

¡Caramba, cómo echaba de menos a su abuela! No siempre tenía razón, y ni siquiera era siempre simpática, pero era divertida. Y a él lo quería.

¿Qué habría ella querido que hiciera? Harry no estaba seguro. Sin duda, le habría parecido bien que fuese a la universidad, si eso implicaba pasar tiempo inmerso en la literatura rusa. Pero su abuela también había tenido un grandísimo concepto del ejército y se había burlado abiertamente de su padre por no haber servido nunca a su país (y por infinidad de cosas más).



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