
– Deberías pensar en ello, Harry -declaró Anna-. Estoy convencida de que Sebastian agradecería tu compañía.
Harry le lanzó una mirada desesperada a Sebastian. Seguro que él entendería su angustia. ¿Qué se creían su madre y su tía? ¿Que tomaría semejante decisión mientras se bebía un té? ¿Que podría dar un mordisco a una galleta, reflexionar sobre el asunto durante unos instantes y decidir que sí, que el azul marino era un color de uniforme espléndido?
Pero Sebastian hizo ese gesto típico suyo de encoger un hombro, ese gesto que decía: «¡Qué sé yo! El mundo está loco».
La madre de Harry se llevó la taza de té a los labios, pero si tomó un sorbo, la inclinación de la porcelana lo hizo inapreciable. Y entonces mientras bajaba la taza hacia el platillo, cerró los ojos.
Fue tan sólo un parpadeo, en realidad, tan sólo un parpadeo ligeramente más lento de lo normal, pero Harry sabía lo que quería decir. Su madre había oído pasos. Los pasos de su padre. Siempre era la primera en oírlo. Tal vez fueran los años de práctica, de vivir en la misma casa, aunque no exactamente en el mismo mundo. Su habilidad para fingir que su vida era diferente a la que era se había ido desarrollando junto con su habilidad para adivinar el paradero de su marido en todo momento.
Era mucho más sencillo ignorar lo que uno no veía.
– ¡Anna! -exclamó sir Lionel, que apareció y se apoyó en el umbral de la puerta-. Y Sebastian. ¡Qué magnífica sorpresa! ¿Qué tal te va, hijo?
– Muy bien, señor -contestó Sebastian.
Harry observó a su padre entrando en la sala. Era difícil saber ya en qué punto de ebriedad estaba. Su paso no era vacilante, pero en sus brazos había cierto balanceo que a Harry no le gustó.
– Me alegro de verte, Harry -dijo sir Lionel, dándole a su hijo una breve palmadita en el brazo antes de avanzar hacia la consola-. Veo que el colegio ha terminado.
