Harry miró hacia Sebastian, quien inmediatamente habló.

– Debo personarme la semana que viene.

– Entonces yo también -le dijo Harry a su padre-. Necesitaré el dinero para pagar el cargo, naturalmente.

– Naturalmente -repuso sir Lionel, respondiendo de forma instintiva al tono de voz de mando de Harry-. Bien… -Bajó los ojos hacia sus pies, luego desvió la vista hacia su esposa.

Ésta miraba fijamente por la ventana.

– ¡Ha sido estupendo veros a todos! -dijo sir Lionel. Dejó su vaso y caminó a paso tranquilo hasta la puerta, perdiendo el equilibrio únicamente una vez.

Harry lo vio marcharse y experimentó una curiosa sensación de indiferencia ante la escena. Evidentemente, había visualizado la imagen con anterioridad. No el hecho de alistarse en el ejército, sino el de irse de casa. Siempre había creído que se iría a la universidad como todo el mundo, que metería sus cosas en el carruaje familiar y se marcharía. Pero su imaginación se dejó llevar por toda clase de despedidas dramáticas que iban desde la gesticulación absurda hasta las miradas gélidas. Sus favoritas tenían que ver con botellas lanzadas contra la pared, botellas de las caras; las de contrabando traídas de Francia. ¿Seguiría su padre dando apoyo a los franchutes con sus compras ilegales ahora que su hijo se enfrentaría con ellos en el campo de batalla?

Harry clavó los ojos en el umbral vacío de la puerta. ¡Qué más daba, en realidad! No tenía nada más que hacer aquí.

No tenía nada más que hacer en este lugar, con esta familia, se acabaron todas esas noches en las que llevaba a su padre a la cama y lo tumbaba cuidadosamente de lado para que, si volvía a vomitar, al menos no se atragantara al hacerlo.

Se acabó.

Se acabó.

Pero la sensación era de mucho vacío, mucho silencio. Su partida estuvo marcada por… nada.

Y tardaría años en darse cuenta de que lo habían engañado.



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