
No había en toda Inglaterra un joven que pudiera encajar mejor en la vida universitaria. Y, sin embargo…
– Voy a alistarme en el ejército.
De nuevo las palabras salieron sin que mediara pensamiento consciente alguno. Harry se preguntó qué estaba diciendo. Se preguntó por qué lo decía.
– ¿Con Sebastian? -preguntó tía Anna.
Harry asintió.
– Alguien tiene que asegurarse de que no lo maten.
Sebastian lo fulminó con la mirada por la ofensa, pero saltaba a la vista que estaba demasiado contento por el giro de los acontecimientos como para replicar. El futuro militar siempre le había producido sentimientos encontrados; Harry sabía que, pese a toda su bravuconería, le tranquilizaría tener a su primo con él.
– No puedes irte a la guerra -dijo sir Lionel-. Eres mi heredero.
Todos los presentes en el salón (los cuatro, miembros de su familia) se volvieron al baronet con diversos grados de sorpresa. Con toda probabilidad era lo único sensato que había dicho en muchos años.
– Tienes a Edward -dijo Harry con rotundidad.
Sir Lionel bebió, parpadeó varias veces y se encogió de hombros.
– Pues sí, es verdad.
Era más o menos lo que Harry esperaba que dijera y, sin embargo, sintió en sus entrañas una persistente y honda decepción. Y un profundo resentimiento.
Y dolor.
– ¡Un brindis por Harry! -exclamó sir Lionel jovialmente, levantando su vaso. No parecía darse cuenta de que nadie más se había unido a él-. ¡Buena suerte, hijo mío! -Inclinó su vaso, pero entonces cayó en la cuenta de que hacía rato que no lo rellenaba-. ¡Vaya, maldita sea! -murmuró-. ¡Qué lata!
Harry se hundió el la silla, pero al mismo tiempo empezó a sentir un picor en los pies, como si estuvieran listos para echar a andar. A correr.
– ¿Cuándo te vas? -preguntó sir Lionel, tras rellenar felizmente su vaso.
