
Por lo que en realidad Harry no pudo evitar el desastre.
Después de aquello no pareció haber vuelta atrás. Volvió a ocurrir una semana más tarde, aunque no directamente encima de sus pies, y luego al mes siguiente. Para cuando Harry tenía 12 años, cualquier otro chico habría perdido la cuenta del número de veces que había limpiado el vómito de su padre, pero él siempre había sido un muchacho meticuloso y una vez que hubo empezado fue difícil parar el recuento.
La mayoría de la gente probablemente habría perdido la cuenta alrededor del siete. Harry sabía, a raíz de su extensa lectura sobre lógica y aritmética, que éste era el número más alto que la mayoría de las personas podía percibir visualmente. Si pintas siete puntos en una página, la mayoría de la gente puede echar un rápido vistazo y saber cuántos puntos hay. Si son ocho la mayor parte de la humanidad no acierta a saberlo.
Harry podía percibir hasta 21.
Por lo que no fue de extrañar que tras limpiar 15 vómitos, supiera exactamente cuántas veces se había encontrado a su padre dando tumbos por el pasillo, desmayado en el suelo o apuntando (mal) en un orinal. Y entonces, una vez que llegó a 20, el asunto se convirtió en algo puramente numérico, y se vio forzado a llevar la cuenta.
Tenía que ser numérico. Si no lo era, entonces sería otra cosa, y puede que se sorprendiera a sí mismo llorando antes de dormirse en lugar de simplemente clavar los ojos en el techo mientras decía: «46, pero con un radio bastante más reducido que el martes pasado. Probablemente no haya cenado mucho esta noche».
La madre de Harry hacía tiempo que había decidido ignorar por completo la situación, y se la podía ver casi siempre en sus jardines, ocupándose de las exóticas variedades de rosa que su madre había traído de Rusia tantos años antes. Anne le había informado a Harry de que pensaba casarse y «salir de este infierno» en cuanto cumpliera los 17. Cosa que, por cierto, hizo, un testimonio de su determinación, ya que a esas alturas ni su padre ni su madre habían hecho esfuerzo alguno por conseguirle pareja. En cuanto a Edward, el hijo menor, aprendió a adaptarse, como había hecho Harry. Su padre no servía para nada a partir de las cuatro de la tarde, aun cuando pareciera estar lúcido (lo cual sucedía por lo general hasta la hora de la cena, cuando perdía totalmente el control).
