
– Es usted un estúpido don nadie -soltó, y luego le dio completamente la espalda. Lo despidió al día siguiente, y ella misma le dio clase a Harry hasta que encontraron un profesor nuevo.
No le correspondía precisamente a Olga despedir y contratar a los tutores para los niños Valentine, que por entonces sumaban tres. (Al pequeño Edward lo habían pasado a la habitación infantil cuando Harry tenía siete años). Pero no parecía probable que nadie más tomara cartas en el asunto. La madre de Harry, Katarina Dell Valentine, jamás discutía con su propia madre, y en cuanto al padre… bueno…
Eso estaba estrechamente relacionado con la segunda cosa insólita que conformaba el cerebro de 12 años de Harry Valentine.
El padre de Harry, sir Lionel Valentine, era un borracho.
Lo insólito no era esto. Todo el mundo sabía que sir Lionel bebía más de lo debido. No era ningún secreto. Sir Lionel tropezaba y trastabillaba (con las palabras y los pies), se reía cuando nadie más lo hacía, y, para desgracia de las dos criadas (y las dos alfombras del estudio de sir Lionel), había un motivo por el que el alcohol no le había hecho engordar.
Y es que Harry se había vuelto experto en la tarea de limpiar vomitonas.
Todo empezó cuando tenía 10 años. Probablemente habría dejado la porquería donde estaba, de no ser porque había tratado de pedirle a su padre un poco de dinero de bolsillo, cometiendo el error de hacerlo demasiado entrada la noche. Sir Lionel ya se había bebido su brandy vespertino, su trago antes de la cena, su vino con la cena, su oporto inmediatamente después, y ahora había vuelto a su favorito, el mencionado brandy, pasado de contrabando desde Francia. Harry estaba totalmente seguro de haber formulado frases completas (en inglés) al pedirle financiación, pero su padre se limitó a mirarlo fijamente, parpadeando varias veces como si no acabase de comprender de qué hablaba su hijo, y acto seguido le vomitó en los zapatos.
