– Te diré algo -dijo Anne-. Si hubiera sufrido un colapso delante de mí, como mínimo habría puesto cara de sorpresa. -Sacudió la cabeza-. Son ridículos, los dos. Papá no hace más que beber y mamá no hace nada en absoluto. Lo dicho, que me muero de ganas de que llegue mi cumpleaños. Me da igual el luto. Yo me caso con William Forbush, y no habrá nada que ninguno de ellos pueda hacer al respecto.

– No creo que debas preocuparte por eso -dijo Harry. Posiblemente su madre no tendría ninguna opinión sobre el asunto y su padre estaría demasiado borracho para darse cuenta.

– Mmm… Probablemente tengas razón. -Anne frunció los labios con pesar y entonces, en una inusitada demostración de cariño fraternal, alargó un brazo y le dio a su hermano un apretón en el hombro-. Tú también te irás pronto. No te preocupes.

Harry asintió. Se suponía que en unas semanas se iba al colegio.

Y si bien se sentía un tanto culpable por tener que irse mientras que Anne y Edward se quedaban, su culpabilidad quedó totalmente anulada por la abrumadora sensación de alivio que lo inundó la primera vez que partió hacia el colegio.

Irse fue estupendo. Con el debido respeto a Granmère y sus monarcas favoritos, puede que fuese hasta «grande».


La vida de estudiante de Harry resultó ser tan gratificante como se había imaginado. Estudió en Hesslewhite, una academia bastante estricta para aquellos chicos cuyas familias carecían de influencias (o, en el caso de Harry, el interés) para mandar a sus hijos a Eton o Harrow.

A Harry le encantaba el colegio. Le encantaba. Le encantaban las clases, le encantaba el deporte y le encantaba irse a la cama y no tener que desviarse hacia todos los rincones del edificio, haciendo su inspección tardía en busca de su padre, cruzando los dedos para que se hubiese desmayado antes de ensuciarlo todo. En el colegio Harry hacía un recorrido directo desde la sala común hasta su dormitorio, y le encantaba cada paso que daba sin sobresaltos.



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