Esto podría haber enfurecido a otro hombre, pero no a sir Lionel. Sonrió estúpidamente, llamó a Harry «hijo ezpléndido» y luego escupió un diente de la boca.

Harry todavía tenía ese diente. Y nunca dejó que su padre volviera a poner un pie en el recinto escolar. Aunque eso significara que fuese el único chico que no tenía ni padre ni madre presentes en la ceremonia de graduación.

Su tía insistió en acompañarlo a casa, lo cual Harry agradeció. No le gustaba tener invitados, pero tía Anna y Sebastian ya sabían todo lo que había que saber de su padre; bueno, casi todo. Harry no había compartido con ellos las 126 veces que había fregado sus vómitos. Ni la reciente pérdida del preciado samovar de Granmère, el esmalte de cuya plata se resquebrajó cuando sir Lionel tropezó con una silla, dio un salto en el aire curiosamente grácil (se suponía que para recuperar el equilibrio) y luego aterrizó boca abajo encima del aparador.

Aquella mañana también se habían echado a perder tres platos de huevos y una loncha de beicon.

La parte positiva fue que los perros sabuesos nunca habían comido tan bien.

Habían elegido Hesslewhite por su proximidad a la casa de los Valentine, por lo que tras estar tan sólo hora y media en el carruaje, torcieron por el camino de acceso y empezaron a recorrer el último y breve tramo.

– Desde luego, los árboles están muy frondosos este año -comentó tía Anna-. Espero que las rosas de tu madre estén bien.

Harry asintió distraídamente, intentando calcular qué hora era. ¿Aún era media tarde o el día había dejado paso a la noche? Si era lo último, tendría que invitarles a que se quedaran a cenar. Tendría que invitarles en cualquier caso; tía Anna querría saludar a su hermana. Pero si era media tarde, únicamente esperarían un té, lo que significaba que podían entrar y salir sin llegar a ver a su padre.



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