Lo de la cena era otra historia. Sir Lionel siempre insistía en cambiarse para la cena. Le gustaba decir que era el distintivo de un caballero. Y por poca gente que hubiese en la cena (el 99 por ciento de las veces únicamente sir Lionel, lady Valentine y cualesquiera de los hijos de ambos que estuvieran en casa) le gustaba el papel de anfitrión; lo cual generalmente implicaba el relato de un montón de historias y bon mots, sólo que sir Lionel solía olvidar la parte central de las historias, y sus agudezas no eran tremendamente «bon».

Lo que a su vez significaba que había bastantes silencios incómodos por parte de la familia, que se pasaba la mayor parte de la cena fingiendo no enterarse de que la salsera había sido volcada, o de que le habían rellenado la copa de vino a sir Lionel.

Una.

Y otra.

Y luego, naturalmente, otra vez.

Nunca le dijo nadie que parara. ¿Para qué? Sir Lionel sabía que bebía demasiado. Harry había perdido la cuenta del número de veces que su padre se había dirigido a él sollozando: «Lo ciento, lo ciento mucho, muchícimo. No quiero cer un eztorbo. Erez un buen chico, Harry».

Pero nunca cambiaba nada. Lo que sea que empujaba a sir Lionel a beber era mucho más fuerte que toda la culpa o el arrepentimiento de los que podía hacer acopio para dejar la bebida. Sir Lionel no negaba el alcance de su enfermedad. Sin embargo, no podía hacer absolutamente nada al respecto.

Igual que Harry. A menos que atase a su padre a la cama, cosa que no estaba dispuesto a hacer. Así que en lugar de eso nunca invitaba a amigos a casa, evitaba estar en casa a la hora de cenar y, ahora que el colegio había terminado, contaba los días que le quedaban para irse a la universidad.

Pero primero tenía que sobrevivir al verano. Bajó del carruaje de un salto cuando se detuvieron en el camino principal y a continuación le ofreció la mano a su tía. Sebastian los siguió y los tres juntos se dirigieron al salón, donde Katarina bordaba con la aguja.



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