
Como toque final se puso perfume en el cuello y se bajó un tirante. Luego se estiró y se pasó la mano por el vientre. El diamante de su anillo se reflejó en el espejo de cuerpo entero.
Reed era su marido, se recordó. Ella tenía derecho a seducirlo. Además, Hanna estaría orgullosa.
Atravesó la habitación y apagó la luz. Salió y caminó por el pasillo.
– ¿Reed? -dijo con voz sensual en la puerta de su despacho.
Abrió y puso una pose sensual.
Dos hombres levantaron la vista del papel que estaban leyendo.
Al ver el atuendo sexy de su esposa, Reed se quedó con la boca abierta. Las palabras que iba a pronunciar se desvanecieron en sus labios. La carta del Organismo regulador del mercado de valores que tenía en la mano cayó al escritorio, mientras, a su lado, el vicepresidente, Collin Killian, dejaba escapar una exhalación de shock.
A Collin le llevó tres segundos apartar la vista. Reed pensó que no podía culparlo. Elizabeth había tardado cinco segundos en exclamar y salir corriendo por el corredor.
– Uh… -empezó a decir Collin, mirando por encima del hombro hacia la puerta, ahora vacía.
Reed juró mientras se ponía de pie y oía el portazo del dormitorio. Collin agarró su maletín.
– Te veré luego -dijo.
– Quédate -le pidió Reed atravesando la habitación.
– Pero…
– Acabo de descubrir que el Organismo Regulador del Mercado de Valores me ha abierto una investigación. Tú y yo tenemos que hablar.
– Pero tu esposa…
– Hablaré con ella primero.
