¿En qué estaba pensando Elizabeth?, se preguntó.

Caminó hacia el pasillo.

Collin gritó por detrás de él:

– ¡Me parece que lo que ella tiene en mente no es hablar!

Reed no se molestó en contestar.

Pero, visto lo visto, Elizabeth tendría que hablar, pensó Reed. Él no llevaba el control de su temperatura corporal, pero estaba seguro de que no era la fecha apropiada. Él echaba de menos el hacer el amor espontáneamente tanto como ella, pero también quería ser padre. Y sabía perfectamente que ella quería ser madre.

El hacer el amor programadamente era frustrante. Pero era un sacrificio que valía la pena.

Puso la mano en el picaporte tratando de controlar sus hormonas, entusiasmadas por la imagen que lo estaría esperando dentro del dormitorio. Su esposa era una mujer sexy y sensual, pero él tenía que ser fuerte por los dos.

Abrió la puerta y dijo:

– ¿Elizabeth?

– ¡Vete! -dijo ella con la voz apagada mientras se envolvía en un albornoz. La luz del aseo la iluminó por detrás mientras cerraba la puerta y entraba en el dormitorio.

– ¿Qué sucede? -preguntó él suavemente.

Ella agitó la cabeza.

– Nada.

Él deseaba estrecharla en sus brazos, quizás meter las manos por debajo del albornoz y apretarla contra su cuerpo. Le llevaría tan poco esfuerzo abrirle el albornoz, ver la bata que tenía debajo y mirar su lujurioso cuerpo…

Collin se figuraría que debía marcharse.

– ¿Es el momento adecuado? -preguntó Reed.

Sabía que no era posible que ella estuviera ovulando, pero tenía esperanzas. Ella agitó la cabeza lentamente. Él se acercó.

– Entonces, ¿qué estás haciendo?

– He pensado… -hizo una pausa-. Quería… -lo miró con sus ojos verdes-. No sabía que Collin estaba aquí.

Reed sonrió.

– Debe de pensar… -empezó a decir Elizabeth.

– De momento, debe de pensar que soy el hombre más afortunado del mundo -respondió Reed. Ella le clavó la mirada.



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