
La Sra. Winterbourne había prometido encontrarme delante de la tienda a las tres treinta. Llegué a las tres treinta y cinco, eché una ojeada dentro, y no encontré nadie esperando, entonces salí otra vez. Perder el tiempo delante de un salón de té no es como hacerlo en una cafetería. Después de unos cinco minutos, la gente dentro comenzó a mirarme fijamente. Un camarero salió y preguntó si podía "ayudarme." La aseguré que esperaba a alguien, en caso de que me confundiera con un vagabundo solicitando bollos de sobras.
A las cuatro, una mujer joven se acercó. Cuando me di vuelta, ella sonrió. No era muy alta, medio pie más pequeña que mis cinco pies con diez. Probablemente a principios de sus veinte años. Pelo castaño rizado, facciones regulares, y ojos verdes, el tipo de mujer joven más a menudo descripta como “agradable”, aquella cómoda descripción significaba que no era una belleza pero no había nada que la condujera al reino de la fealdad. Llevaba puestos lentes de sol, un sombrero de ala ancha, y un vestido que dejaba entrever la clase de figura que los hombres amaban y las mujeres odiaban, las curvas llenas tan calumniadas en un mundo de Jenny Craig
– ¿Elena? -preguntó, su voz un contralto profundo-. Elena… ¿Andrews?
– Uh-si – dije-. ¿Sra. Winterbourne?
Ella sonrió-. Una de ellas. Soy Paige. Mi tía llegará dentro de poco. Llegó temprano.
– No – dije, devolviendo una sonrisa de alto voltaje-. Usted llega tarde.
Ella parpadeó, asombrada por mi descortesía-. ¿No se suponía que nos encontraríamos a las cuatro treinta?
