Tucker resopló-. Y eso no le fue de mucha utilidad contra aquellos perros, déjame decirte. No dejaron ni un pedazo de él más grande que mi puño.

Mientras Matasumi se giraba, alguien abrió de golpe la puerta y lo golpeó en la barbilla.

– Gritos – dijo Winsloe con una amplia sonrisa-. Lo lamento, chicos. Estas malditas cosas necesitan ventanas.

Bauer pasó por delante de él-. ¿Dónde está el chamán?

– Él no pudo… sobrevivir – dijo Matasumi.

– Los perros – añadió Tucker.

Bauer sacudió su cabeza y siguió andando. Un guardia agarró la puerta, sosteniéndola abierta mientras ella la traspasaba. Winsloe y el guardia pasaron después de ella. Matasumi cerró la marcha. Tucker se quedó en la estación de guardia, probablemente para buscar y disciplinar a quienquiera que fuese que hubiera permitido la fuga del chamán, aunque los demás no se molestaran en preguntarlo. Tales detalles estaban por debajo de ellos. Por eso habían contratado a Tucker.

La siguiente puerta era de acero grueso con una manija alargada. Bauer hizo una pausa delante de una pequeña cámara. Una cámara escaneó su retina. Una de las dos luces encima de la puerta destelló verde. Otro rojo permaneció en rojo hasta que ella agarró la manija y el sensor comprobó sus huellas dactilares. Cuando la segunda luz cambió a verde, ella abrió la puerta y entró a zancadas. El guardia la siguió. Mientras Winsloe avanzaba, Matasumi extendió la mano para alcanzar su brazo, pero falló. Las alarmas chillaron. Las luces destellaron. El sonido de media docena de botas con clavos de acero resonó desde el distante corredor. Matasumi tomó a toda prisa la radio receptos de la mesa.

– Por favor llámelos de vuelta – dijo Matasumi-. Es sólo el Sr. Winsloe. Otra vez.

– Sí, señor – la voz de Tucker chisporroteó por la radio-. Tal vez podrías recordarle al Sr. Winsloe que cada escaneo de retina y de huellas dactilares autorizará el paso de sólo un empleado y un segundo tras él.



6 из 428