
– No -gimió-. No.
Qiona lo consoló con susurros y besos, intentando con ellos apartar su mirada de lo que ocurría. Hubiera querido ahorrarle el dolor, pero no podía. Él lo sentía cuando miraba hacia abajo, a los perros que destruían su cuerpo, no sintiendo exactamente el dolor de sus dientes horadándolo, pero sí la agonía de la pérdida increíble y la pena. Todo había terminado. Absolutamente.
– Si no me hubiera puesto a pasear -dijo él-. Si hubiera corrido más rápido…
Qiona lo giró entonces, de modo que pudiera mirar a través del bosque. Los árboles se extendían a lo lejos, terminando en un camino que se veían tan lejos que los coches parecían insectos avanzando lentamente por la tierra. Echó un vistazo nuevamente a su cuerpo, una destrozada confusión de sangre y huesos. Los hombres caminaban por el bosque. Él los ignoró. Ya no tenían la menor importancia. Nada la tenía. Se dio la vuelta hacia Qiona y le permitió llevárselo.
***
– Muerto -dijo Tucker a Matasumi mientras caminaba hacia el bloque de celdas de la estación de guardia. Sacudió el barro del bosque de sus botas-. Los perros lo atraparon antes de que nosotros lo hiciéramos.
– Te dije que lo quería vivo.
– Y yo te dije que necesitábamos más sabuesos. Los Rottweilers son para cuidar, no para cazar. Un sabueso esperaríá al cazador. Un rottie asesina. No saben hacer otra cosa – Tucker se sacó las botas y las puso en la estera, perfectamente alineadas con la pared, con los cordones metidos dentro. Luego tomó un par idéntico pero limpio y se las puso-. No puedes ver que esto realmente importa. El tipo estaba medio muerto de todos modos. Débil. Inútil.
– Era un chamán – dijo Matasumi-. Los chamanes no tienen que ser atletas Olímpicos. Toda su energía está en su mente.
