Cuando se había barajado su nombre entre los posibles candidatos al puesto, los medios de comunicación de la ciudad la habían designado como la «gran esperanza» para tender un puente entre la policía de Boston y los líderes sociales de áreas con elevados índices de criminalidad como Roxbury, Mattapan y Dorchester, donde había nacido y se había criado la futura inspectora.

Después de tres años en el puesto, la tasa de homicidios de Boston se había multiplicado hasta alcanzar su nivel más alto en varios decenios. Los políticos decidieron ofrecer la cabeza de Chadzynski como chivo expiatorio y la prensa de Boston había mordido el anzuelo. Los columnistas de opinión y otros supuestos analistas expertos reclamaban a gritos su dimisión. Chadzynski había fracasado, decían, porque no se entregaba en cuerpo y alma a su trabajo, porque había perdido el contacto con la realidad cotidiana del ciudadano de a pie desde su boda con Pawel Chadzynski, un antiguo inversor financiero reconvertido en intermediario de poderosa influencia, muy activo entre la clase política de Boston. Circulaban rumores de que pensaba presentarse a las elecciones a la alcaldía.

– Tengo que dejarte -dijo Chadzynski, y colgó el teléfono. Miró al frente, al par de sillas rígidas que había delante de la mesa de Leland-. Señorita McCormick, ¿está usted familiarizada con la CSU?

Darby asintió con la cabeza. La recién estrenada Unidad Especial de Científicos Forenses era un grupo especializado, formado por los principales investigadores y peritos forenses del departamento, que se ocupaba de los homicidios, violaciones y otros crímenes violentos que ocurrían en la ciudad. La responsabilidad de nombrar a los miembros del grupo recaía sobre la inspectora de policía. Darby se había presentado en una ocasión para una plaza como técnico forense, pero ni siquiera la habían llamado para la entrevista.



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