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El subinspector Yu Guangming, del Departamento de Policía de Shanghai, estaba sentado con aire pensativo en un despacho que no era exactamente suyo, o no todavía. Como jefe en funciones de la brigada de casos especiales, Yu podía disponer del despacho durante las semanas de permiso de Chen.
Casi nadie parecía tomarse en serio a Yu, pese a que el subinspector había asumido el mando efectivo con anterioridad durante todas aquellas semanas en las que Chen estuvo ocupado con sus reuniones políticas y sus bien remuneradas traducciones. Con todo, eran muchos los que pensaban que Chen le hacía sombra.
A Yu le preocupaba la inexplicable determinación de Chen de inscribirse en el curso de literatura, una decisión que había dado pie a numerosas interpretaciones en el Departamento. Según Liao Guochang, jefe de la brigada de homicidios, Chen estaba intentando pasar inadvertido después de haber soliviantado a algunos capitostes, y adoptaba ahora una pose de intelectual para dejar de ser el centro de atención durante un tiempo. Pequeño Zhou creía que el objetivo de Chen era obtener un máster o un doctorado, titulaciones cruciales para su futura carrera profesional, porque un título superior supondría una enorme ventaja de cara a la nueva política de promoción de cuadros del Partido. El comisario Zhang, un cuadro semijubilado de la anterior generación, tenía una opinión distinta sobre los estudios de Chen. Creía que el inspector jefe Chen planeaba estudiar en el extranjero con unahongyan zhiji -una belleza comprensiva y llena de admiración por él- que era jefa de policía en Estados Unidos. Como la mayoría de rumores sobre Chen, nadie era capaz de demostrarlo ni de refutarlo.
Ninguna de esas conjeturas convencía del todo a Yu. Y también existía una posibilidad que no podía descartar: quizá sucedía algo de lo que ninguno de sus compañeros tenía conocimiento. Chen le había preguntado acerca de un caso sobre un complejo residencial sin darle ninguna explicación, algo poco habitual entre Yu y su jefe.
