
Todo estaba cambiando muy deprisa y de forma incomprensible.
También estaba cambiando su manera de hacer footing. Años atrás, mientras corría solo bajo la luz de las estrellas con escasos vehículos a la vista, a Huang le gustaba pensar que la ciudad palpitaba a su ritmo. Ahora, a esta hora tan temprana, no podía evitar fijarse en todos los coches que circulaban a su alrededor tocando el claxon de vez en cuando, o en la grúa que basculaba en una obra nueva una manzana más adelante. Decían que era un complejo residencial de lujo para los nuevos ricos.
No demasiado lejos de allí, su antigua casa construida al estilo shikumen, donde vivía junto a una docena de familias obreras, iba a ser derruida para erigir en su lugar un rascacielos de oficinas. Los vecinos no tardarían en ser trasladados a Pudong, una zona que antaño había sido tierra de labranza, al este del río Huangpu. Después del traslado ya no le sería posible salir a correr temprano por esta calle que tan bien conocía, situada en el centro de la ciudad. Y tampoco podría disfrutar de un cuenco de sopa de soja servido por el restaurante Obrero y Agricultor a la vuelta de la esquina. Sopa humeante aderezada con cebolleta picada, gambas desecadas, pasta frita troceada y algas moradas; una sopa realmente deliciosa, y sólo por cinco céntimos. El restaurante barato, en otra época recomendado «por su dedicación a la clase obrera», había desaparecido, y ahora ocupaba su lugar una cafetería Starbucks.
Quizá fuera demasiado viejo para poder asimilar los cambios. Mientras avanzaba con pasos cada vez más pesados, Huang suspiró y le empezaron a temblar los párpados como ante un mal presagio. Cerca del cruce de las calles Huaihai y Donghu el antiguo maestro capataz aflojó aún más el paso al ver la isla peatonal. En primavera parecía un parterre, pero ahora no crecía allí ni una brizna de hierba, sólo algunas ramitas desnudas que temblaban al viento. La isla, baldía y marrón, estaba tan desolada como su mente.
