
Huang escupió en el suelo tres veces, un ritual supersticioso contra la mala suerte.
¿A quién se le habría ocurrido abandonar un cuerpo ahí por la mañana? Se trataba de un asesinato de índole sexual, concluyó.
Pensó en informar a la policía, pero aún era demasiado temprano y no había ningún teléfono público disponible. Miró a su alrededor y vio una luz que parpadeaba en la distancia, al otro lado de la calle. Provenía del Instituto de Música de Shanghai. Huang gritó pidiendo ayuda.
– ¡Asesinato! ¡El asesinato del vestido mandarín rojo!
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El inspector jefe Chen Cao, del Departamento de Policía de Shanghai, se despertó sobresaltado cuando sonó el teléfono a primera hora de la mañana.
Frotándose los ojos mientras descolgaba rápidamente el auricular, Chen vio que el reloj de la mesilla de noche marcaba las siete y media. La noche anterior se había quedado levantado hasta tarde escribiendo una carta a un amigo de Pekín, en la que citaba a un poeta de la dinastía Tang para expresar lo que tanto le costaba decir con sus propias palabras. Después consiguió dormirse y soñar con los despiadados sauces Tang, que bordeaban la desierta orilla bajo una neblina verdosa.
– Hola, soy Zhong Baoguo, del Comité para la Reforma del Sistema Legal de Shanghai. ¿Es usted el camarada inspector jefe Chen?
Chen se incorporó en la cama. Este comité en particular, una nueva institución perteneciente al Congreso del Pueblo de Shanghai, no ejercía autoridad directa sobre él, pero Zhong, que ocupaba un puesto más alto en el escalafón de cuadros del Partido, nunca lo había llamado antes, y menos aún a su casa. Los fragmentos de su sueño a la sombra de los sauces comenzaron a desvanecerse.
