
– Precisamente, milord. Modestia y gracia femeninas. Ha sido un gran consuelo para su abuela, desde la muerte de nuestro hijo menor y de su esposa, hace unos pocos años. ¿Sabe? Los padres de Sophy desaparecieron en el mar cuando ella cumplió los diecisiete. Ella y su hermana vinieron a vivir con nosotros. Estoy seguro que usted lo recuerda -Lord Dorring carraspeó y tosió-. Ah, tal vez la noticia no llegó a sus oídos pues para esa época, usted estaba bastante ocupado con otras… eh… cuestiones.
Julián concluyó que ese «otras cuestiones» había sido un elegante eufemismo con el cual lord Dorring había salido del aprieto en el que se había metido al traer a colación el recuerdo de una hermosa malvada llamada Elizabeth.
– Si su nieta es el claro ejemplo de todas esas virtudes que usted mencionó, Dorring, ¿cuál es el problema que hay en convencerla para que acepte mi propuesta de matrimonio?
– Todo es mi culpa, asegura la abuela de la muchacha.
Lord Dorring frunció sus espesas cejas en señal de desasosiego.
– Me temo que le he permitido leer demasiado y, según me habían dicho, no los textos más adecuados para ella. Pero como podrá imaginarse, no puedo decir a Sophy qué debe leer y qué no. No sé cómo un hombre puede llegar a eso. ¿Más clarete, Ravenwood?
– Gracias, creo que le aceptaré otra copa. -Julián miró a su anfitrión, con las mejillas carmesí y trató de hablar con toda serenidad-. Confieso que no entiendo bien, Dorring. ¿Que tiene que ver todo este asunto con las cosas que lee Sophy?
– Me temo que no he observado con demasiada atención las cosas que ella lee -murmuró lord Dorring, tragándose su clarete-. Y si uno no repara en esos detalles, las mujeres jóvenes suelen formarse ciertos conceptos. Pero después que la hermana de Sophy murió, hace tres años, yo no he querido presionar demasiado a la pobre. Tanto su abuela como yo estamos muy orgullosos de ella. En realidad, es una muchacha razonable.
