
– Es cosa de todos los días aquí en el campo.
– ¿Y usted escucha las historias que cuentan los campesinos que no han llegado más que a pocos kilómetros de sus casas? -gruñó él.
– ¿Y las historias que cuentan los de la ciudad son muy distintas de éstas?
– Empiezo a creer que es usted deliberadamente insultante, señorita Dorring.
– No, milord, tan sólo soy extremadamente cauta.
– Obstinada, no cauta. Utilice el poco cerebro que pueda tener para prestar atención. Si realmente hubiera algo verdaderamente objetable en mí o en mi comportamiento, ¿cree que sus abuelos habrían aprobado mi propuesta de matrimonio?
– Sí, si la suma que ofrece para la boda es interesante.
Ravenwood sonrió lánguidamente al escuchar sus palabras.
– Puede que tenga razón.
Sophy vaciló.
– ¿Está diciéndome que todos los rumores que he oído son falsos?
Ravenwood la miró pensativo.
– ¿Qué más ha oído?
Sophy no había imaginado que esta extraña conversación se tomaría tan específica.
– ¿Se refiere además de que usted tiene una amante?
– Si los demás chismes son tan tontos como éste, debería avergonzarse, señorita Dorring.
– ¡Vaya! Me temo que no poseo tan refinado sentido de la vergüenza, milord. Una falta lamentable, por cierto, que usted debería tomar en cuenta. Los chismes suelen ser muy divertidos, y debo confesar que a veces los escucho.
El conde apretó los labios.
– Una falta lamentable, por cierto. ¿Qué más ha escuchado? -repitió.
– Bueno, además del rumor de que tiene una amante, me enteré de que una vez se batió en duelo.
– No puede esperar que confirme semejante estupidez.
– También me dijeron que desterró a su última esposa, que la mandó al campo, porque no pudo darle un hijo -siguió Sophy a toda prisa.
– No hablo con nadie de mi primera esposa. -De pronto, la expresión de Ravenwood se tornó tan seria que pareció prohibitiva-. Si vamos a llevarnos bien usted y yo, señorita Dorring, será mejor que se abstenga de volver a mencionarla.
