
Ravenwood la miró con fría irritación…
– De modo que tenía razón al pensar que no estaba sorprendida por encontrarme hoy aquí. Muy bien, ahora tiene toda mi atención, señorita Dorring. ¿Qué es lo que quiere que comprenda? Todo me parece muy claro.
– Sé qué es lo que quiere de mí-dijo Sophy-. Es obvio, Pero no creo que usted tenga ni la más remota idea de lo que yo quiero de usted. Hasta que no lo entienda y consienta en satisfacer mis deseos, no habrá posibilidad de matrimonio.
– Quizá debamos ir paso a paso -dijo Ravenwood-. ¿Qué cree que yo quiero de usted?
– Un heredero y nada de problemas.
Ravenwood parpadeó con traicionera tranquilidad. Su boca firme apenas dibujó una suave curvatura.
– Qué poder de resumen.
– ¿Y preciso?
– Mucho -dijo él, cortante-. No es ningún secreto que deseo continuar con la tradición. Ravenwood ha estado en manos de mi familia por tres generaciones y no quiero que se termine justamente en ésta.
– En otras palabras, me considera una yegua de cría.
El cuero de la silla crujió mientras Ravenwood la estudiaba en ominoso silencio durante un largo momento.
– Me temo que su abuelo estaba en lo cierto -dijo finalmente-. La clase de lecturas que elige, señorita Dorring, ha inyectado cierta falta de delicadeza en sus modales.
– Oh, pero puedo llegar a ser mucho menos delicada que eso, milord. Por ejemplo, sé que usted tiene una amante en Londres.
– ¿De dónde ha sacado eso? ¡Seguramente no por boca de lord Dorring!
