– Entonces espero que, por esta vez, sea usted el que eche mano de su autoridad y poder de decisión. Es su nieta. Si necesita que alguien le acorte las riendas, entonces hágalo, por favor.

– Dios Santo -exclamó Dorring sinceramente-. Ojalá fuera así de simple.

Julián avanzó con pasos agigantados hacia la puerta de la pequeña y deslucida biblioteca, para salir al pasillo angosto y oscuro. El mayordomo, vestido de un modo que armonizaba a la perfección con el aire de ajada elegancia que caracterizaba el resto de la antigua mansión, le entregó la maleta de piel de castor y sus guantes.

Julián asintió bruscamente y pasó junto al criado. Los tacones de sus botas hessianas retumbaron en el piso de piedra. Ya estaba odiando el momento en el que había decidido vestirse formalmente para una visita tan poco productiva.

Hasta había hecho traer uno de los carruajes para la ocasión. Bien podría haber ido a caballo a Chesley Court y ahorrarse la molestia de agregar un toque de formalidad a la visita.

De haber escogido esta última opción, podría haberse detenido en la residencia de uno de los terratenientes, que le quedaba de paso, para arreglar algunos negocios. De ese modo, no habría perdido toda la tarde inútilmente.

– A la Abadía -ordenó Julián, cuando se abrió la puerta del carruaje. El cochero, que llevaba el uniforme verde y dorado de Ravenwood, hizo un gesto tocándose el sombrero, dando a entender que había captado la orden.

No bien la puerta del vehículo se cerró, el tiro de tordillos echó a andar, ante el leve chasquido de la fusta. Era evidente que el conde de Ravenwood no estaba de humor para deleitarse con el paisaje campestre esa tarde.

Julián se acomodó sobre los cojines del coche, estiró las piernas y se cruzó de brazos, concentrándose en controlar su impaciencia. Claro que no le resultó una tarea sencilla.



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