Jamás se le había cruzado por la cabeza que le rechazarían su propuesta matrimonial. Ni remotamente la señorita Sophy Dorring estaba en posición como para recibir una mejor oferta, y todo el mundo lo sabía. Indudablemente, sus abuelos también tendrían plena conciencia de esa realidad.

Pocos días atrás, lord Dorring y su esposa por poco se desmayan cuando Julián les pidió la mano de su nieta en matrimonio. En cuanto a ellos concernía, ya habían perdido las esperanzas de poder casar a la joven, debido a su edad, por lo que la propuesta de Julián les pareció un regalo del cielo.

Julián frunció la boca sarcásticamente al imaginar la escena que se habría producido cuando Sophy informó a sus abuelos respecto de su falta de interés por la boda. Obviamente, lord Dorring no había sabido cómo manejar la situación, y su esposa había sido víctima de un ataque de nervios. Y la nieta, con sus lamentables hábitos de lectura, había resultado victoriosa ganadora del conflicto.

Pero la verdadera cuestión residía en averiguar por qué la muy tonta habría querido ganar esa batalla en primer lugar. Lo más lógico habría sido que se pusiera a saltar de alegría ante la propuesta de Julián ya que, después de todo, él tenía intenciones de establecerla en la Abadía de Ravenwood, como la condesa de Ravenwood. Una joven de veintitrés años, criada en el campo, de aspecto apenas pasable y con una herencia extremadamente reducida, no podía aspirar a más ni por casualidad. Por un momento, Julián se detuvo a pensar qué clase de bibliografía atraía a Sophy. Pero de inmediato descartó la posibilidad de que fuera el material de lectura el verdadero problema de todo.

Lo más factible era que se tratara de la exagerada indulgencia del abuelo respecto de su nieta huérfana. Generalmente, las mujeres son muy rápidas para aprovecharse de la debilidad de carácter de ciertos hombres.

Su edad podría ser otro factor. En un principio, Julián la había considerado una ventaja. Ya había tenido experiencia con una esposa joven e ingobernable, que le había bastado. Con las escenas, histerias y caprichos de Elizabeth le alcanzaba para toda la vida. Por consiguiente, pensó que una mujer más madura sería más equilibrada y menos exigente. Más agradecida, a decir verdad.



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