
Julián se recordó a sí mismo que esa joven no tendría demasiadas alternativas allí en el campo. Tampoco las tendría en la ciudad, para ser honesto. Decididamente, no era el tipo de mujer capaz de atraer la atención de los hastiados hombres de la alta sociedad. Esa clase de hombres se consideraba tan experta en mujeres como en caballos y, sin duda, no perderían su tiempo en mirar dos veces a Sophy.
Su color de cabello no estaba bien definido como la moda exigía, pues no era intensamente oscuro ni tampoco rubio angelical. Sus rizos castaños poseían una tonalidad bastante aceptable, pero aparentemente no eran dóciles, pues siempre se le escapaba algún mechón por debajo de la cofia o le quedaba desordenado.
No era ninguna diosa griega, como tan de moda estaba en añares en esos momentos, pero Julián tuvo que admitir que no tenía nada que objetar de su nariz apenas respingona, de su mentón ligeramente redondeado y de su cálida sonrisa. No sería, por lo tanto, un gran sacrificio acostarse con ella unas cuantas veces para asegurarse la concepción de su heredero.
También estuvo dispuesto a reconocer que Sophy tenía ojos bonitos, pues su tonalidad era una interesante e inusual combinación de turquesa con destellos dorados. Le resultaba curioso y hasta ciertamente gratificante el saber que su dueña no tuviera ni la menor idea de cómo usarlos para coquetear.
En lugar de espiarlo entre sus párpados entrecerrados, Sophy tenía la desconcertante costumbre de mirarlo directamente a los ojos. Su mirada se caracterizaba por una franqueza que convenció a Julián de que Sophy tendría grandes dificultades en ejercer el elegante arte de mentir. Esa condición también le venía de perillas, en especial, al recordar cómo casi se había vuelto loco al descubrir todos los engaños de Elizabeth.
