
Julián prestaba muy poca atención a su majestuoso entorno. Si bien había sido criado allí, desde los primeros días de su matrimonio con Elizabeth había decidido ignorar la Abadía de Ravenwood. En una época había sentido el mismo orgullo posesivo hacia su casa, como hacia las fértiles tierras que la rodeaban, pero actualmente sólo experimentaba un vago disgusto por todo lo que estuviera relacionado con su hogar ancestral.
Cada vez que entraba a una habitación se preguntaba si no se trataría de otro de los muchos recintos en los que le habían puesto los cuernos.
La tierra era un asunto diferente. Ninguna mujer podría manchar los riquísimos campos de Ravenwood ni ninguna otra tierra. Todo hombre podía contar con sus tierras, y si él las cuidaba debidamente, se vería generosamente recompensado. Con la finalidad de conservar esas tierras para los futuros condes de Ravenwood, Julián estaba dispuesto a hacer el último sacrificio: volver a casarse.
Abrigaba la esperanza de que el hecho de instalar a su nueva esposa allí sirviera para borrar los vestigios que aún quedaban de Elizabeth y, especialmente, para modificar radicalmente la lujuria opresiva y la exótica sensualidad que reinaban en la recámara que Elizabeth alguna vez había tomado como propia. Julián detestaba ese cuarto. No había vuelto a poner un pie en él desde el día del fallecimiento de Elizabeth.
Una cosa era segura, se decía mientras subía las escaleras: no volvería a cometer con su nueva esposa los mismos errores que había cometido con la primera. Nunca más volvería a hacer el papel de una mosca atrapada inexorablemente en una telaraña.
Quince minutos después Julián volvió a bajar, con ropa apropiada para montar. No se sorprendió al encontrar al semental azabache al que había bautizado con el nombre de Ángel, listo y esperándolo. Ya había dado por descontado que el caballo estaría preparado en la puerta para cuando él bajase. Cada uno de los integrantes de la casa sabía perfectamente que debía tomar todas las medidas necesarias para anticiparse siempre al amo de Ravenwood. Nadie que estuviera en sus cabales podría tener la intención de cometer un desliz que invocara la ira del demonio. Julián descendió por las escalinatas y subió a la silla del caballo.
