
John Randall se mantuvo en silencio, meciéndose en su asiento mientras observaba a su hijo con ojos entrecerrados. Una brisa, feroz como el aliento del diablo, agostaba la pendiente sobre la que se asentaba el rancho. La casa, de dos pisos de altura y con un reborde verde oscuro en las ventanas, había sido refugio, campo de batalla y prisión; al menos, desde el punto de vista de Slade.
Dio una calada profunda a su cigarrillo, sintió el humo en los pulmones y miró al hombre que lo había engendrado.
– Hola, padre.
Sus botas resonaron en los escalones del porche. Harold, el viejo perro de caza de John Randall, alzó su cabeza canosa y movió el rabo, golpeándolo contra los tablones del suelo.
– Hola, hijo.
Pasaron un par de segundos. Sólo se oía el rabo del perro.
– Pensé que no vendrías -continuó John.
– Dijiste que era importante.
Slade pensó que su padre no tenía buen aspecto. Lo único que quedaba de su pelo eran unos cuantos mechones plateados que apenas le cubrían la calva; sus ojos, antaño de color azul eléctrico, se habían apagado; sus dedos se habían vuelto nudosos y su debilidad física quedaba patente en el simple hecho de que estuviera sentado en la mecedora, junto a la puerta. Pero su carácter de hierro seguía presente en la fuerza de su mandíbula y en su recta espalda.
– Lo es. Siéntate.
John Randall señaló un banco situado debajo de una ventana. Slade se quedó de pie y se apoyó en la barandilla, con el sol detrás.
– ¿Qué ocurre? ¿Qué era tan urgente?
– Que quiero un nieto.
– ¿Cómo?
A Slade se le hizo un nudo en la garganta.
– Ya me has oído. No me queda mucho tiempo, Slade; me gustaría marcharme a la tumba sabiendo que has sentado la cabeza, que has fundado una familia y que nuestro apellido no se extinguirá.
– Creo que deberías hablar con mis hermanos. No soy la persona más adecuada para eso -replicó.
Slade hablaba en serio. No era persona adecuada; y mucho menos entonces, después de lo que había pasado.
