
– Ya he hablado con Thorne y Matt. Te toca a ti.
– No tengo intención de…
– Sé lo de Rebecca -lo interrumpió-. Y lo del bebé.
Slade tuvo la sensación de que una manada de caballos se desbocaba en su cabeza. Hasta su cicatriz parecía latir.
– Sí, bueno, tendré que vivir con ello -declaró, clavando los ojos en su padre-. Pero preferiría estar en el infierno.
– No fue culpa tuya.
– Eso he oído -ironizó.
– No puedes castigarte hasta el fin de tus días -afirmó su padre, más compasivo de lo que Slade lo creía capaz-. Se han ido. Fue un accidente terrible, una pérdida muy dolorosa… pero la vida sigue.
– ¿Tú crees? -se burló, con amargura.
– Sí, por supuesto que sí. No permitas que la tragedia te arruine la vida.
John Randall se llevó una mano al bolsillo del chaleco y sacó su reloj. Era de oro y plata, y tenía grabado el símbolo del Flying M, su rancho, el orgullo y la alegría de toda su existencia.
– Toma, quiero que lo tengas tú -añadió.
– No, quédatelo.
El anciano sonrió con ironía y le puso el reloj en la palma de la mano.
– Adónde voy a ir, no me servirá de nada. Tómalo. Así tendrás un recuerdo mío -dijo-. Y no malgastes la vida, porque es más corta de lo que crees; ya es hora de que superes el pasado. Echa raíces en algún sitio y búscate una mujer.
– Me pides un imposible.
Una mosca pasó junto a la cabeza de John Randall, que la apartó de un manotazo.
– Hazme un favor, Slade; deja de ir de un lado para otro y averigua lo que quieres. Lo sepas o no, necesitas una mujer, una compañera, la madre de tus hijos.
– No eres el más adecuado para hablar de eso.
Slade tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con el tacón de la bota.
– He cometido muchos errores, es verdad -admitió su padre.
Slade no dijo nada.
