
– Thorne McCafferty trabajó aquí, ¿verdad? -replicó Jamie.
– Sí, es cierto, estuvo con nosotros hace unos años; luego se mudó a Denver, aunque de vez en cuando nos hace algún favor. Pero volviendo a lo que te decía, he estado pensando que conviene afianzar nuestros negocios con los McCafferty… si lo hacemos bien, podríamos quedarnos con la parte que actualmente lleva el bufete donde Thorne trabaja -dijo Chuck, con un brillo competitivo en los ojos.
– ¿Pero no te ibas a jubilar?
– Dentro de un par de años -contestó Chuck, guiñándole un ojo-. Entretanto, ¿qué hay de malo en aumentar nuestras ganancias? Si mejoro mi posición en la empresa, mi jubilación también será mayor… podríamos comprarnos un velero y navegar a Tahiti o a las islas Fiji.
– Te recuerdo que yo tengo que trabajar.
– No si te casas conmigo.
A Jamie se le pusieron los pelos de punta. Chuck la estaba presionando últimamente y no estaba segura de querer marcharse con él. Durante muchos años, había pensado que el dinero era lo más importante del mundo; de hecho, creía que Slade la había dejado por Sue Ellen Tisdale porque ella era pobre y carecía del estatus de la otra mujer. Pero con el paso del tiempo, la realidad le había hecho cambiar de opinión.
– Aprovecha tu estancia en Grand Hope para pensarlo -le aconsejó Chuck-. No quiero presionarte, pero convertirte en la señora de Chuck Jansen no estaría tan mal.
– De acuerdo, lo pensaré -dijo ella, forzando una sonrisa.
– Hablaremos cuando vuelvas.
Al recordar la conversación que habían mantenido, Jamie pensó que se había metido en un buen lío. Chuck estaría esperando una respuesta afirmativa, pero no podía casarse con él. Era guapo, inteligente, amable y rico; su parte del bufete valía una millonada, sin contar sus acciones y sus dos casas. Pero también tenía una ex mujer amargada y tres hijos en edad de ir a la universidad, así que no querría tener más niños.
