Se acordó del bebé de Randi McCafferty y sintió una punzada de envidia. Si se casaba con Chuck, se convertiría en la madrastra de tres adolescentes y no llegaría a tener un hijo propio ni a conocer el amor de un hombre que la volviera loca.

– Oh, basta ya -se dijo, en voz alta-. Eres patética, Parsons. Patética.

Empezó a sacar la comida de la bolsa y la distribuyó por el frigorífico y los armarios. Mientras lo hacía, pensó en su visita al Flying M y en el reencuentro con Slade. Había cambiado mucho en quince años. Ya no era un niño, sino un hombre; su cintura seguía siendo tan estrecha como recordaba, pero su pecho y sus hombros eran más anchos.

Se acordó del día que se bañaron desnudos y se ruborizó. No sólo había visto sus piernas musculosas y su trasero, ligeramente más blanco que el resto de su piel, sino algo más, una parte de la anatomía masculina que no había contemplado hasta ese momento.

Era normal que los años lo hubieran cambiado. El trabajo y el tiempo tenían ese efecto en la gente. Su cara se había vuelto más angulosa y tenía una cicatriz, pero sus ojos seguían siendo tan azules como el cielo de Montana.

También había notado que cojeaba un poco. Y en el fondo de sus ojos había una oscuridad que lo traicionaba, una sombra de dolor. Pero eso tampoco tenía nada de particular; a fin de cuentas, todo el mundo tenía sus propias heridas, más ocultas o más visibles.

Se preguntó qué habría pasado entre Sue Ellen y él y se dijo que seguramente sólo habría sido otra de sus conquistas. Los McCafferty tenían fama de mujeriegos.

– A quién le importa…

Se quitó el abrigo y lo colgó en el armario del vestíbulo, donde todavía estaba la aspiradora de su abuela. Los hermanos McCafferty siempre habían sido unos rebeldes. Thorne era el atleta de los tres; Matt, el seductor; y Slade, el jovencito temerario que subía a los picos más altos, descendía por los ríos más peligrosos y practicaba esquí extremo en las pendientes más inaccesibles a pesar de las protestas vehementes de su padre.



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