
– Si no es nada, deja de mirarme como si quisieras decirme algo.
– No te estoy mirando así.
Sam se encogió de hombros y se volvió para limpiar el mostrador.
Lorissa suspiró.
– Está bien -reconoció-. Necesito que me hagas un favor.
– Ni hablar.
Hacía mucho calor, y Sam se enjugó la frente antes de pasar un trapo a los expositores.
– No puedes negarte cuando ni siquiera sabes de qué se trata.
Lorissa se echó hacia atrás su larga cabellera roja y frunció los labios, en un gesto que podía funcionar muy bien con los hombres, pero no con su amiga.
– Por supuesto que puedo. De hecho, acabo de hacerlo -replicó Sam, saliendo a cerrar las sombrillas de la terraza con vistas al Pacífico-. Te conozco y sé que cuando me pides un favor con ese tono puede tratarse de un entierro.
Sam movió el cuello para estirar los músculos y pensó que, a falta de un hombre, salir a nadar a medianoche era justo lo que necesitaba.
– Al menos podrías escuchar de qué se trata.
– No quiero una cita a ciegas -declaró Sam, tajante.
Lorissa puso los ojos en blanco.
– Me da pavor cómo me lees la mente.
– No hace falta ser adivino. Estás saliendo con ese tal Cole, y te ha pedido que les consigas chicas a sus amigos.
– Perdón, pero es lo que pasa cuando se es la mejor amiga de alguien.
– Los halagos no te van a servir de nada. Sabes que he tenido mucha paciencia con todas las espantosas citas a ciegas que me has organizado a lo largo de los años, y no tengo ninguna gana de soportar otra.
– No todas fueron espantosas.
– Sólo diré dos palabras: don Dedos.
– De acuerdo, pero ésa la puedo explicar. Se me había olvidado tu extraña manía con los pies, pero además, ¿por qué iba a saber lo de su accidente con la cortadora de césped?
– Esta noche no quiero salir con nadie.
