
– Mejor, porque la cita es mañana.
Sam volvió a la cocina y echó un vistazo para comprobar que todo estuviera en orden. Lo único que le quedaba por hacer era apagar las luces. Podía salir o sencillamente subir a su piso, situado justo encima del café. Era un apartamento muy pequeño, pero le gustaba y era suyo. Era su casa.
– Mañana estaré ocupada.
– Por favor, Sam -dijo Lorissa, con gesto de súplica-. Lo único que te pido es que salgas un día con el amigo de Cole. Me ha asegurado que es rico.
Apagó las luces, cerró con llave la puerta de la cocina y desplegó la verja de la zona del patio.
– Y aun así necesita que le consigan una chica. Hay algo que no me cuadra.
Lorissa se llevó los dedos a las sienes y cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban llenos de emoción.
– Este tipo me gusta mucho, Sammie.
Samantha la miró con detenimiento. Hacía veinte años que se conocían, desde el jardín de infancia, y habían pasado juntas por muchas cosas. El desagradable divorcio de los padres de Lorissa; el suicidio de su madre cuando tenían doce años; y la sobredosis de un amigo cuando tenían trece. Y a los catorce, Sam había perdido a sus padres en un accidente de tráfico. Entre las dos habían recorrido más kilómetros en la carretera de la vida que la mayoría de las personas de su edad.
Y habían sobrevivido, cada una a su manera. Lorissa se había quedado con su padre, que había vuelto a casarse, y había tratado de estudiar en la Universidad de San Diego, pero finalmente había decidido que estudiar no era para ella. De momento, hacía caricaturas en la playa y, los fines de semana, en la feria de artesanía de Malibú. Se le daba suficientemente bien como para vivir holgadamente. Para complementar sus ingresos, entre semana trabajaba como camarera en el Wild Cherries, cuando no estaba haciendo surf.
En cuanto a Sam, se había ido a vivir con Red, un hermano de su madre muy aficionado a la playa, que no había sabido lidiar con el dolor de su sobrina, porque era incapaz de sobrellevar su propia pena.
