
Annie suspiró.
– Lo sé, pero no he respondido porque sigo sin saber qué quiere de mí.
Él señaló las sillas que rodeaban la mesa de la cocina.
– ¿Por qué no nos sentamos?
Era su casa, debería ser ella quien lo invitase a sentarse. Aun así, Annie se encontró apartando la silla. Debería ofrecerle también un caramelo de chocolate, pero tenía la impresión de que iba a necesitarlos todos.
Duncan Patrick se sentó frente a ella y apoyó los codos en la mesa.
– Soy el propietario de una empresa… Industrias Patrick.
– Dígame que es un negocio familiar -suspiró Annie-. Lo ha heredado, ¿verdad? No será tan egocéntrico como para haberle puesto su nombre, ¿no?
Él tuvo que disimular una sonrisa.
– Veo que el chocolate te da valor.
– Un poco, sí.
– Heredé la empresa cuando estaba en la universidad. Era una empresa pequeña y la convertí en una corporación multimillonaria en quince años.
Pues qué suerte, pensó ella. Pertenecer al dos por ciento de la población que había sacado un sobresaliente alto en la reválida no era precisamente impresionante comparado con sus millones.
– Para llegar tan lejos y tan rápido he tenido que ser despiadado -siguió él-. He comprado empresas y las he fusionado con la mía para modernizarlas y conseguir beneficios.
Annie contó los caramelos que le quedaban. Ocho bolitas de cielo.
– ¿Esa es una manera amable de decir que se dedica a despedir gente?
Él asintió con la cabeza.
– Al mundo empresarial le encantan las historias de éxito, pero sólo hasta un punto. Ahora todos me consideran un monstruo y estoy teniendo mala prensa últimamente, así que necesito contraatacar.
– ¿Y por qué le importa lo que la gente diga de usted?
– A mí no me importa, pero al consejo de administración sí. Tengo que convencer a todo el mundo de que soy… una buena persona.
Annie tuvo que sonreír.
