
Sin embargo, tanto ella como su madre le habían echado el ojo a él en concreto. Y Stephen era muy consciente de ese hecho. Como también era muy consciente de ser uno de los solteros más cotizados de toda Inglaterra y de que el sector femenino de la alta sociedad había decidido, ese año con más ahínco que los anteriores, que había llegado la hora de que sentara cabeza, eligiera una esposa, engendrara un heredero y afrontara de esa forma su responsabilidad como par del reino. Ya había cumplido los veinticinco años y, al parecer, había cruzado la línea invisible que separaba la atolondrada e irresponsable juventud de la seria madurez.
Lady Christobel no era la única jovencita empeñada en cortejarlo y su madre no era la única decidida a echarle el lazo.
Por su parte, le caían bien todas las jovencitas a las que conocía. Le gustaba hablar con ellas, bailar con ellas, acompañarlas al teatro, a cabalgar y a pasear por el parque. No las evitaba, como solían hacer sus congéneres, por temor a caer en alguna trampa y acabar casado a la fuerza. Sin embargo, no estaba listo para casarse.
Ni hablar.
Creía en el amor. Tanto en el amor romántico como en el amor de cualquier otra índole. Dudaba mucho que pudiera contraer matrimonio a menos que sintiera un gran afecto por su futura esposa y estuviera seguro de que ella le correspondía. Sin embargo, su título y su fortuna se interponían en el camino para alcanzar ese a priori modesto sueño. De la misma forma que se interponía su físico, aunque pecara de presumido al pensarlo. Era muy consciente de que las damas lo encontraban guapo y atractivo. ¿Cómo iba una mujer a soslayar esa barrera para llegar a conocerlo y a entenderlo… y para amarlo?
Pero el amor era posible, incluso para un acaudalado conde. Sus hermanas, las tres, lo habían encontrado, aunque en los tres casos los comienzos habían sido muy tambaleantes.
Tal vez el amor lo estuviera esperando a la vuelta de una esquina en cualquier momento de su futuro.
