
Sin embargo, Cecil Avery acababa de detener su tílburi a su lado y lady Christobel Foley, su acompañante, estaba poniendo su vida en peligro al inclinarse sobre el borde del precario asiento para sonreírles de oreja a oreja mientras hacía girar la sombrilla de encaje con la que se protegía la cabeza.
– Señor Huxtable, lord Merton -los saludó, mirando primero a Con antes de que sus ojos se detuvieran en Stephen-, ¿verdad que hace un día precioso?
Pasaron unos minutos constatando el hecho y ambos le solicitaron que les reservara un baile para la fiesta de Meg, después de que la jovencita dejara bien claro que su madre había cancelado la cena con los Dexter a última hora y como le había dicho a todo el mundo que no iban a asistir, la pobre Christobel estaba aterrada por la idea de encontrarse sin parejas de baile salvo el bueno de Cecil, por supuesto, a quien conocía desde siempre porque habían crecido juntos en el campo y el pobre, por tanto, no tenía más remedio que invitarla a bailar para que no acabara convertida en un absoluto florero.
Lady Christobel rara vez dividía sus intervenciones orales en frases. De modo que para poder entenderla había que prestar mucha atención. Normalmente bastaba con captar un par de palabras para seguir el hilo de la conversación. Aunque de todas formas era una muchacha preciosa y encantadora, y a Stephen le caía bien. Claro que debía tener mucho cuidado a la hora de demostrarle su simpatía. Lady Christobel era la hija mayor de los influyentes y acaudalados marqueses de Blythesdale, y acababa de cumplir dieciocho años, motivo por el que ese año celebraba su presentación en sociedad. Un matrimonio con ella sería muy ventajoso, y la joven estaba más que dispuesta a conseguir marido durante su primera temporada social, a ser posible antes que las demás. Tenía muchas posibilidades de lograrlo. Para localizarla en cualquier acto social, solo había que buscarla en el centro del grupo más numeroso de caballeros.
