
– ¡Ay, Cassie! -exclamó la dama de compañía, muy preocupada-. Seguro que no te refieres a… -Dejó la frase en el aire porque no hacía falta que la completara.
Cassandra solo podía referirse a una cosa.
– Por supuesto que sí -afirmó, volviéndose para mirar a su dama de compañía con expresión jocosa, burlona y penetrante.
Alice se aferraba con fuerza a los brazos del sillón que ocupaba y se inclinaba hacia delante como si tuviera intención de ponerse en pie, aunque no lo hizo.
– ¿Te he escandalizado?
– Si hemos venido a Londres ha sido con el propósito de buscar empleo, Cassie. Las dos. Y Mary también -le recordó Alice.
– Sin embargo, no es un plan muy realista, ¿no te parece? -Replicó ella con una carcajada carente de buen humor-. Nadie querrá darle empleo a una criada convertida en cocinera que tiene una hija pequeña… sin estar casada y sin ser viuda. Y una carta de recomendación firmada por mí le hará un flaco favor a Mary, ¿verdad? Además y perdona que te lo diga, Alice, poca gente querrá contratar a una institutriz que pasa de los cuarenta cuando hay tantas jóvenes dispuestas a ocupar dicho puesto. Siento mucho tener que señalar esa cruda realidad, pero la juventud es un valor en alza hoy en día. Fuiste una maravillosa institutriz para mí, y desde que te convertiste en mi dama de compañía has sido una maravillosa amiga. Pero la edad juega en tu contra, reconócelo. En cuanto a mí, en fin… a menos que haga algo para ocultar mi identidad, cosa que será imposible porque necesitaré cartas de recomendación, tengo un futuro muy negro en el mercado laboral. Y en cualquier otro, ya puestos. Nadie querrá contratar a la asesina del hacha bajo ningún concepto. Digo yo.
– ¡Cassie! -Exclamó su antigua institutriz, que se llevó las manos a las mejillas-. No debes describirte de esa manera. Ni siquiera en broma.
Cassandra no era consciente de que estuvieran hablando en broma. De todas formas, soltó una carcajada.
