– Jamás pensé que te vería… -dijo Alice entre sollozos-, que te vería convertida en… ¡cortesana! Porque eso es lo que serás. Una prost… una prost… de lujo -concluyó, aunque fue incapaz de decir la palabra completa.

Cassandra le dio unas palmaditas en una rodilla.

– Será mil veces mejor que el matrimonio -le aseguró-. ¿No te das cuenta? Esta vez seré yo quien tenga el poder. Entregaré mis favores o los negaré según me apetezca. Podré deshacerme del caballero en cuestión si no me gusta o si me desilusiona de alguna forma. Seré libre para salir y entrar cuando quiera, y para hacer lo que quiera, salvo cuando esté… en fin, trabajando. ¡Será diez mil veces mejor que el matrimonio!

– Lo único que siempre he deseado en la vida es verte feliz -dijo Alice mientras sorbía por la nariz y se limpiaba las lágrimas-. Eso es lo que quieren las institutrices y las damas de compañía. La vida pasa a nuestro lado, pero aprendemos a disfrutar con la vida de nuestras pupilas. Siempre he anhelado que conocieras lo que es el amor. Y que amaras.

– Conozco las dos cosas, tonta -replicó ella al tiempo que se sentaba sobre los talones-. Alice, tengo tu amor. Y el de Belinda. Y el de Mary, creo. Por no hablar del de Roger. -El perro se había acercado a ella y estaba golpeándole una de las manos con el hocico a fin de que siguiera acariciándolo-. Y yo os quiero a todas. De verdad.

Las lágrimas aún resbalaban por las mejillas de su antigua institutriz.

– Lo sé, Cassie -afirmó-. Pero tú sabes a lo que me refiero. No te hagas la tonta. Quiero verte enamorada de un hombre bueno que te corresponda. No pongas esa cara. Últimamente siempre te enfrentas con ella al mundo, así que cualquiera podría confundirla con tu verdadera personalidad. Conozco muy bien ese mohín despectivo y esa mirada cínica, que tienen muy poco de agradable. Existen hombres buenos. Mi padre fue uno de ellos, y estoy segura de que no es el único que ha creado el Señor.



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