
– Bueno -replicó Cassandra mientras le daba unas cuantas palmaditas más en la rodilla-, tal vez elija sin saberlo a un hombre bueno como protector que acabe enamorándose locamente de mí. No, retiro eso, bastante locura ha habido ya en mi vida. Que acabe enamorándose profundamente de mí y de quien yo me enamore profundamente, tras lo cual nos casaremos y viviremos felices para siempre con nuestra docena de niños. Tú podrás encargarte de todos ellos y les enseñarás todo lo que quieras. No voy a negarte el puesto solo porque hayas pasado de los cuarenta y estés ya en la vejez. ¿Eso te haría feliz, Alice?
La aludida estaba riendo y llorando a la vez.
– La parte de los doce niños no mucho, la verdad -contestó-. Pobre Cassie, acabarías consumida.
Ambas estallaron en carcajadas mientras Cassandra se ponía en pie.
– Además, Alice -añadió-, no hay ningún motivo por el que tu felicidad y tu vida dependan de las mías. Vivir a través de los demás es una noción espantosa. Tal vez vaya siendo hora de que empieces a vivir por tu cuenta. Y a amar. Tal vez seas tú quien conozca a un caballero que se percate de que eres una joya y que se enamore de ti y tú de él. Tal vez seas tú quien acabe viviendo ese «felices para siempre».
– Pero ahorrándome la parte de los doce niños, espero -apostilló Alice con una fingida mueca de espanto, que hizo que ambas se echaran a reír de nuevo.
¡Ay, qué pocos motivos para reírse había últimamente!, pensó Cassandra. Podía contar con los dedos de una mano las veces que se había reído de verdad durante los últimos diez años.
– Será mejor que vaya a desempolvar mi bonete negro -dijo.
Stephen Huxtable, conde de Merton, cabalgaba por Hyde Park acompañado de Constantine Huxtable, su primo segundo. Era la hora del paseo de la tarde, y la avenida principal del parque estaba atestada de vehículos de todo tipo, casi todos descubiertos para que los ocupantes pudieran tomar el aire, contemplar la actividad que se desarrollaba a su alrededor y charlar con los ocupantes de los otros vehículos con los que se cruzaban, así como con los paseantes. Estos últimos se contaban a cientos. Además, había una gran cantidad de jinetes con sus respectivas monturas. Stephen y Constantine entre ellos. Todos se esforzaban por avanzar entre la marea de carruajes.
