
– Todos los niños son guapos -dijo la abuela-. Y que ahora sea un poco llenita no significa que vaya a ser siem-pre así.
La madre volvió a acercar el espejo ante el rostro de la niña.
– ¿Crees que la abuela tiene razón, Nell? ¿Eres guapa?
Nell desvió la mirada hacia un lado para evitar verse re-flejada.
La madre se volvió hacia la abuela.
– Y no quiero que le llenes la cabeza con fantasías e histo-rias de hadas. Los patitos feos no se convierten en cisnes. Los niños vulgares crecen y se convierten en adultos vulgares. Nell tendrá que contentarse con ser educada, aseada y obe-diente para que la acepten. -Cogió a Nell por los hombros y la miró directamente a los ojos-. ¿Lo has entendido, Nell?
Lo había entendido. Por «aceptada», mamá quería decir ser querida. Nunca sería bonita como mamá; por lo tanto, debería conseguir que la quisieran haciendo sumisamente todo cuanto le mandaran hacer.
Asintió, moviendo nerviosamente la cabeza. Su madre la soltó, cogió su maletín de encima de la cama y se dirigió hacia la puerta.
– Tengo una reunión dentro de veinte minutos y me es-tás haciendo llegar tarde. No vuelvas a entrar nunca más en esta habitación. Nunca más. -Luego, lanzó una mirada de reproche a la abuela-: No puedo entender cómo no la vigi-las más de cerca.
Y se fue. La abuela extendió los brazos hacia Nell. Que-ría consolarla, curar sus heridas; y Nell necesitaba ir hacia ella, llorar sobre su hombro. Pero, antes que eso, había una cosa que debía hacer.
Se acercó al tocador y recogió cuidadosamente los peda-zos del espejo. Los pegaría uno a uno, con gran esmero, para que nadie pudiera saber que se había roto. Tenía que demostrar que era muy aplicada. Tenía que portarse muy bien.
Porque era un patito feo.
Y nunca se convertiría en un cisne.
