– Eran otros tiempos y no nos importaba jugarnos el pe-llejo -matizó Nicholas-. Gardeaux es, hoy en día, un gato gordo que prefiere esperar frente a la guarida del ratón para saltar sobre él. Pero supongo que deberé ir y comprobarlo.

– Podría ir yo, si quieres. O podrías enviar a cualquier otro.

– No. Lo haré yo mismo.

– ¿Por qué? -La mirada de Jamie se concentró en su ex-presión-. ¿Acaso vivir entre tantos parajes idílicos, en la más absoluta paz, te pone nervioso?

Por Dios, sí, estaba nervioso. Nervioso, inquieto, impa-ciente y con ganas de acabar con todo aquel asunto. Y, sin embargo, no estaba más cerca de capturar a Gardeaux de lo que lo había estado un año antes.

– Estás demasiado acostumbrado a vivir al límite -dijo Jamie, con tono despreocupado-. Y nunca vas a dejar de ju-garte el pellejo. Admito que yo también lo echo de menos, a veces -suspiró-. Lamentablemente, la triste realidad es que conversaciones no me faltan…

– No lo echo de menos. Simplemente, quiero a Gar-deaux.

– Si tú lo dices…

– Necesitaré un informe sobre todos los nombres de la lista.

– Está en el hotel, encima del escritorio de tu habitación. Como verás, no parece haber ninguna conexión entre ellos.

No, Medas iba a ser una auténtica maraña de suposicio-nes, incertidumbres e incoherencias.

Pero aquel nombre marcado con un círculo que Conner había mencionado podía significar algo; el principal candi-dato a soborno o quizás el principal objetivo de un atenta-do. Fuera lo que fuese, merecía atención. Sacó el papel que le había entregado Jamie.

El nombre, dentro del círculo, que encabezaba la lista estaba, además, subrayado.

Nell Calder.


4 DE JUNIO, ISLA DE MEDAS, GRECIA


– He visto un monstruo, mamá -anunció Jill.

– ¿De verdad, cariño?

Nell colocó un jacinto blanco a la izquierda de las lilas en el jarrón chino y ladeó la cabeza apreciativamente. Sí, es-taba quedando perfecto. Cogió otra lila y miró hacia la puerta, donde estaba Jill.



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