Emma le había pagado el viaje y las dietas desde Nueva York a Hampshire, Massachusetts, solamente para que pudiera entrevistarse con ella. Le había ofrecido además una suculenta cantidad que jamás antes nadie le había pagado por un solo caso, prometiéndole que cubriría enteramente sus gastos fueran los que fueran, sin hacerle preguntas. Y todo eso antes de explicarle para qué había requerido sus servicios.

Ben no solamente estaba intrigado, sino inclinado a aceptar. El dinero que le había prometido le permitiría trasladar a su madre a una residencia en la que pudiera contar con atención individualizada. Dado el deterioro que estaba sufriendo en la vista ya no podía vivir sola, o al menos tendría que disponer de una ayuda constante. Si eso significaba transigir con manías como una hora fija para tomar el té con todo ese complicado ceremonial, lo soportaría encantado. Miró a su anfitriona. Aquellos penetrantes ojos castaños lo miraban a su vez por encima del borde de la taza, como diciéndole: «Espera, no tengas prisa». Ben se resignó a alzar su taza para tomar otro sorbo.

– Mi nieta necesita alguien que la cuide -le informó de repente la anciana.

Ben a punto estuvo de atragantarse con el té, y de paso tirar la taza al suelo. No debía de haberla oído bien. ¿Le estaba ofreciendo todo ese dinero por atender a una niña?

– ¿Perdón?

– Quizá no me haya expresado bien. Mi nieta está en proceso de encontrarse a sí misma y necesita que alguien la vigile.

Ben dejó la taza sobre su plato, antes de que finalmente se le acabara por caer.

– Creo que la han informado mal, señora Montgomery -hubiera o no dinero de por medio, no estaba dispuesto a ponerse a cuidar críos.

– Llámeme Emma -le ofreció ella, sonriendo.

– Emma. Soy un investigador privado, no un niñero. Por cierto, ¿qué edad tiene su nieta?



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