
Emma recogió entonces un retrato de una mesa, y se lo enseñó. La mujer de la fotografía no era ninguna niña. Tenía el cabello rubio como la miel, unos cálidos ojos castaños y un rostro tan fino y delicado como la porcelana china que había estado a punto de tirar al suelo. Una oleada de deseo barrió a Ben, acelerándole el corazón.
– Tiene casi treinta años y es una verdadera belleza, ¿no le parece? -le preguntó Emma, orgullosa.
– Sí, -se movió incómodo en su asiento-… en efecto -«una auténtica princesa», añadió para sí.
En su profesión, Ben estaba acostumbrado a observar a mucha gente en la realidad y en fotografías. Estaba acostumbrado a formarse opiniones sobre las personas por pura intuición. Raramente se equivocaba en sus impresiones y nunca se dejaba engañar por una cara bonita. Y siempre había sido capaz de mantenerse distante. Hasta ahora. Aquella mujer era lo suficientemente bella como para abrumar sus sentidos y excitar su libido. Sus ojos reflejaban una riqueza de sentimientos y de ocultos secretos que ansiaba desvelar. Aquella misión, que había estado a punto de rechazar, de repente se había convertido en otra que no podía resistir, que se imponía por sí misma.
– Hace unos años Grace se trasladó a Nueva York -le informó Emma-. Ella siempre ha vivido de la cuenta que sus padres le abrieron nada más nacer. Siempre sin un trabajo permanente, sin una pareja estable -subrayó esas últimas palabras antes de mirar apreciativamente a Ben de arriba a abajo.
– Pero… ¿qué le sucede ahora a Grace para que usted haya decidido contactar conmigo así, de repente?
– Ha dejado de retirar dinero de su cuenta y ha decidido ganarse sola la vida.
– A mí me parece que ésa es una decisión admirable -comentó Ben.
– Bueno, claro que lo es. Fue así como la eduqué yo, al fin y al cabo: para que fuera una persona autónoma e independiente. Y lo logró, de sobra. Abandonó Hampshire para escapar al agobiante control de su padre, Edgar, que es mi hijo.
