Le llamamos «el juez», ya que ése es su oficio -se echó a reír, irónica-. Ese hombre no tiene ni idea de lo que significa una familia; en la suya, imparte justicia como si estuviera en un tribunal. Aunque tengo que admitir que, con el matrimonio de su otro hijo Logan y el bebé que acaba de tener, está aprendiendo un poco… Pero Grace, de cualquier manera, no se ha quedado a contemplar sus progresos.

– Entonces… ¿usted quiere que Grace vuelva a casa? -le preguntó Ben.

– No si ella vive segura y feliz en Nueva York. Ya lo ve; eso es todo lo que me importa. Pero no me llega ninguna información de ella porque no me dice absolutamente nada -la anciana se pasó un dedo por los labios imitando el cierre de una cremallera-. Lo único que me dice es que está bien y que no tengo que preocuparme -de repente resopló de furia-. ¿Cómo puedo no preocuparme cuando va por ahí con una cámara colgada del cuello, prestando más atención a sus fotografías que a cualquier otra cosa?

– Es una persona adulta -se sintió obligado a recordarle Ben.

– Las mujeres como ella son asaltadas todos los días en Nueva York. Ella jura y perjura que ha hecho un curso de autodefensa, como si eso bastara para tranquilizarme. Yo sé que me oculta cosas. Piensa que así yo, que soy ya muy vieja, estoy más tranquila. Pero se equivoca. No se da cuenta de que tenerme en la ignorancia es algo fatal para mi débil corazón.

Ben asintió, comprensivo. Su propio padre había muerto de un ataque cardíaco cuando él sólo tenía ocho años. Lo recordaba como un hombre bueno, con un corazón de oro. El problema era que ese corazón había sido tan débil que había muerto conduciendo a casa de regreso de su trabajo como director de un departamento comercial, no dejándole a su familia nada más que un poco de dinero en el banco y ningún seguro. Su madre se había visto entonces obligada a trabajar en lo único en que tenía experiencia: en actividades domésticas, sólo que en esa ocasión trabajando en las casas de los demás.



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