
– Querida, me parece que no te das cuenta de todo lo que te espera. Los Stanhope siempre se casan con, entre comillas, gente como ellos: la aristocracia de Filadelfia.
– Y ya tienen elegida la mujer -aventuró.
Charles la tomó en sus brazos.
– Eso me importa un pito. Cenaremos con mis padres el viernes que viene. Ya es hora de que los conozcas.
Eran las nueve menos cinco. Tracy notó que se intensificaba el nivel del ruido del Banco. Los empleados comenzaban a hablar con mayor rapidez, a moverse con más presteza. Las puertas se abrirían al público en cinco minutos, y había que tener todo preparado. Por el ventanal, Tracy vio a los clientes que aguardaban en la acera, bajo la lluvia.
El guardia del Banco distribuyó impresos de ingreso y de extracción en las seis mesas alineadas en el pasillo central. Los clientes habituales recibían impresos de ingreso con un código magnético personal, de modo que cada vez que realizaban una operación automáticamente el ordenador lo acreditaba en la cuenta correspondiente.
Sin embargo, muchas veces venía gente sin sus propios impresos, y debía utilizar los comunes del Banco.
El guardia miró el reloj de la pared, y cuando la aguja llegó a las nueve, se dirigió a la puerta y la abrió con aire ceremonioso.
Durante las horas siguientes, Tracy estuvo demasiado ocupada con el ordenador como para pensar en otra cosa. Cada transferencia por cable debía ser controlada dos veces para comprobar que tuviese el código correcto. Cuando había que hacer un débito, daba entrada al número de cuenta, la cantidad y el Banco adonde había que transferir el dinero. Cada Banco poseía su propio código numérico. Había una guía confidencial en la que figuraban los códigos de todos los Bancos importantes del mundo.
La mañana se le pasó rápidamente. Pensaba aprovechar la hora del almuerzo para ir a la peluquería. Pidió turno en «Larry Stella Botte», y aunque era espantosamente caro, se dijo que valía la pena. Deseaba causar una buena impresión a los padres de Charles. No me importa qué novia le hayan elegido. Nadie puede hacer a Charles más feliz que yo.
